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EL CUASIMODO
Los días previos no entendía porque tanto alboroto por el Cuasimodo, era la fecha clave, que marcaba el antes y después de diversas actividades y reuniones.
Era la primera vez que lo corría, antes lo había visto pasar de lejos y ahora después de vivir la experiencia y pasados unos cuantos días para decantar tantas emociones, comprendo porque el Cuasimodo es una fiesta tan esperada por el pueblo, un momento de gracia tan particular, de una riqueza incalculable como todas las cosas en las que participa Cristo, un momento de alegría realmente inolvidable, que une y nos hace pensar en una tierra de hermanos en donde se puede expresar públicamente lo más íntimo de cada persona, su fe.
Íbamos sentados en un coche, tipo victoria, adornado con flores, con un sacerdote que llevaba al Señor en sus manos y con un acólito, con dos cocheros que manejaban dos percherones que hacían volar el Birlocho. Afuera los rezadores gritaban Santo, Santo, Santo y se confundían los ruidos de sus campanas con las herraduras de los caballos al galope. Los estandartes con sus banderas al viento, flameaban en señal de libertad desplegando el tricolor patrio, y nos acompañaban de cerca los escoltas del Santísimo, además nos seguían más de 500 jinetes, entre hombres y mujeres, con sus mejores aperos y mantas, dándole una solemnidad y colorido únicos a la fiesta del Señor. Y adelante unas 200 bicicletas, adornadas especialmente para el Señor con guirnaldas, santos, banderas y campanas. Era una fiesta en colores y sonidos, de una belleza única, y a la vez simple.
Los caballos al servicio de Dios, entonaban su propio salmo eran las bestias de los campos que bendecían al Señor, los hombres y sus cantos, la gente al pasar y su devoción, la fe de los enfermos, todo hablaba de una Iglesia viva, que anuncia a un Dios vivo entre los hombres. Es que la gente del pueblo salía a las calles a esperar el paso de Jesús en su Victoria con flores, los niños decían ¡!!! allí va Jesús¡¡¡, los adultos se persignaban, jóvenes y ancianos aplaudían. Los enfermos al recibir la visita de Dios en sus casas se emocionaban, es que Dios los iba a visitar y venía de lejos para quedarse muy cerca, en el corazón. Era emocionante pensar y ver tanto amor a Jesús, una alegría tras otra, el ver el triunfo de Cristo, su capacidad de convocar a todos, pues solo él es capaz de darnos la unidad, la fraternidad, la capacidad de olvidarnos de nosotros mismos para ir al encuentro de otros, sin importar el tiempo y el clima, la hora de despertar y acostarnos cansados, por Él todos hacen cualquier cosa.
Hermosa tradición, que debemos cuidar y respetar ya que son pocas, y cada vez menos las instancias para mostrar nuestra alegría en Cristo resucitado públicamente. A veces se escucha entre nosotros mismos hablar tan mal de la religiosidad popular, pero debemos valorarla y en lo que se aparte de Cristo, ayudar a hacerla más cercana a él, pues es una manera de misionar Chile, el ir con Jesús por las calles repartiendo amor y esperanza.
 

Francisco Rencoret
Seminarista
Parroquia Ntra. Sra. del Carmen de Lampa
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