Noviembre
Por:
P.Rafael Hernández
Dom. 16 de Oct.
Por: P.
Bernardino
Zanella

COMENTARIO EVANGELIO

Dom. 16 de Octubre

Domingo XXVIII
Evangelio san Lucas 17, 11-19

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “Jesús, Maestro, ¡ten compasión de nosotros!”. Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados.

Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.

Palabra del Señor

Para realizar su viaje a Jerusalén, donde concluirá su misión y será asesinado, Jesús ha tenido que salir de Galilea y atravesar la región de Samaría. El evangelista Lucas lo nota, sin fijarse mucho en el rigor geográfico, más preocupado por el mensaje. Este largo viaje representa toda la vida de Jesús, una liberación anunciada con palabras y hechos; y representa también el camino que debe realizar el discípulo siguiendo a Jesús en la construcción del Reino de Dios.

En el recorrido, Jesús entra “en un poblado”, que en seguida nos hace recordar a otro poblado, cuyos habitantes no quisieron acoger a Jesús, despertando la ira y la reacción de los hermanos Santiago y Juan, que querían quemar el pueblo. El poblado es el lugar socialmente estático, religiosamente tradicionalista y conservador, reacio a la apertura y a los cambios, símbolo también de la mentalidad cerrada de los discípulos. Jesús entra en el poblado para abrirlo y ofrecer un nuevo horizonte.

En ese marco, Jesús tiene un encuentro sorprendente: “Le salieron al encuentro diez leprosos”. Sorprende que haya leprosos en un poblado, porque la persona leprosa era marginada, tenía que quedar lejos de la convivencia humana, como exigía el Levítico: “En cuanto al leproso, estará con los vestidos rasgados y la cabeza despeinada. Se cubrirá hasta la nariz y gritará: '¡Impuro! ¡Impuro!'. Todo el tiempo que dure la lepra quedará impuro. Siendo impuro, habitará solo, y su morada estará fuera del campamento” (13, 45-46). Los diez leprosos se detienen “a distancia”, e invocan: “Jesús, Maestro, ¡ten compasión de nosotros!”. Es la invocación de los discípulos, que caminan físicamente con Jesús, pero su corazón está detenido lejos de él por su atadura a la Ley, sus sueños de poder y sus expectativas mesiánicas nacionalistas.

Jesús cumple con la ley y envía a los leprosos “a presentarse a los sacerdotes”, los oficiales encargados de reconocer la sanación y reintegrar en la comunidad a la persona liberada de la lepra. Y los diez, “en el camino quedaron purificados”. Tienen que salir del poblado y ponerse en camino para encontrar la liberación, que es ofrecida a todos, pero sólo “uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias”. Sólo “un samaritano” es capaz de regresar y dar su adhesión a Jesús reconociéndolo como la manifestación de la misericordia de Dios, que lo libera inmerecidamente de su lepra y su marginación. En este samaritano que vuelve, está el recuerdo de la comunidad samaritana que había acogido el evangelio. Desde los samaritanos, ese pueblo excluido, considerado heterodoxo e infiel, nace la fe.

Jesús no esconde su tristeza por los otros nueve: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están?”. Están perdidos en el templo, buscando a los sacerdotes. No se han liberado del yugo de la Ley y de una falsa concepción de Dios.

“¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. Sólo este extranjero, que ha sido capaz de gratitud, puede oír la invitación más alentadora: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”. Puede levantarse y, libre ya de toda lepra, ponerse en camino para vivir y anunciar la buena noticia del Reino, como la samaritana que había encontrado a Jesús en el pozo de Sicar. La verdadera sanación es la apertura a la fe, un corazón agradecido que hace posible el seguimiento de Jesús y el compromiso por el Reino.

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